La cruda realidad de nuestros mayores

Tribuna de Anabel Cala

Esta es la primera tribuna que hago en mi vida, y aunque la escribo con ilusión también lo hago con cierto pesar, pues se la voy a dedicar a esas personas que forman una parte muy importante de mi vida, un colectivo que nunca podré agradecer todo lo que me han dado y me han enseñado, los mayores.

Y sí, la empiezo con tristeza porque pese a la alegría que me supone hablar de ellos, el devenir de la vida no siempre ha sido justo con ellos, con esas personas que desde su posición y cariño han dado todo por nosotros. Nos han concedido toda su vida luchando por nuestros derechos, por nuestras familias, por nuestra ciudad. Con pena, porque quien no conoce la historia tiene la osadía de repetirla y al contrario que en otras culturas donde el mayor es venerado, aquí a veces, nos resulta “molesto”.

Nuestros mayores, aquellos valientes que salían a faenar con sus barcos, las que adornaban nuestras botellas con mallas hechas con sus propias manos, los que se encerraron en la Catedral de Sevilla para que no nos cerraran el hospital y los que cuidan de nosotros con sus maltratadas pensiones en las crisis económicas.

Nuestros mayores son la voz de la experiencia, sabiduría, historia viva que no se les da el valor que tienen, personas que se sienten útiles cuando se necesita algo de ellas, personas que confían en los organismos institucionales y estos no les responden con la dignidad correspondiente.

Siento pena de no entender el porqué de esta situación por parte de la sociedad, de la administración y sobre todo de que no se dignifique la atención que reciben ¿Dónde está la tan ansiada oficina del mayor? Ese espacio único y administrativo donde puedan ser atendidos como se merecen.

No es justo que después de dedicar toda su vida a mejorar nuestras condiciones laborales, a las de sus familias, ahora no tengan ni tan solo una oferta de ocio decente para ellos, una oferta cultural, dinámica, diferente, poniéndolos a ellos como valor central.

El Puerto es demasiado grande para abarcarlo con tres centros mal repartidos. El Puerto es lo suficientemente rico en espíritu y en recursos para poder dotar a todos nuestros mayores de alegría en esta etapa que a veces es tan difícil, pero ellos necesitan de esa muleta o ese brazo donde apoyarse.

Desde aquí, hago un llamamiento a todas las personas que tienen el poder de cambiar esas vidas. ¡HÁGANLO!

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