
¿Bendita discapacidad?
Tamara González Mercado
Algunas personas usan la expresión “bendita discapacidad” para enfatizar la resiliencia, fortalezas y logros frente a las dificultades de las personas con discapacidad. Sin embargo, desde mi experiencia cotidiana, quiero mostrar la dura realidad a la que nos enfrentamos, aquella que a menudo significa enfrentarse a barreras físicas, burocráticas y sociales que complican tareas tan básicas como acudir a una cita médica.
Hace unos días acudí a una cita médica en mi centro de salud y no pude evitar fijarme en lo pequeño que es el ascensor. En él no cabe una silla de ruedas y, como mucho, pueden entrar dos personas, complicando algo tan básico como acudir al médico.
Y me pregunto: ¿cómo puede un profesional sanitario explorar adecuadamente a un paciente si este ni siquiera puede acceder a la consulta? Hablamos de personas que necesitan seguimiento, derivaciones a especialistas, tratamientos, medicación y exploraciones médicas. Sin acceso físico, todo lo demás pierde sentido.
Se solicitó la posibilidad de cambiar el ascensor. La respuesta fue que no era viable, desconozco si por la estructura del edificio o por otros motivos. Sin embargo, existe una alternativa sencilla que no se ha considerado: habilitar una consulta en la planta baja para estos casos. Porque el principal problema del centro no es la atención médica, sino el acceso a la primera planta.
Se derivaron a las personas con discapacidad a otro centro de salud lejos de su zona, o atenderlas por teléfono. Pero ¿es esta la manera correcta de garantizar una atención sanitaria de calidad y buena calidad de vida a estas personas?
Si ampliamos a otras infraestructuras públicas, la situación no mejora. Hay tramos de acera intransitables, con baches o sin rebajes adecuados, obligando a circular por la carretera. En estaciones de tren, ascensores y escaleras mecánicas están con frecuencia averiados. En los autobuses, las rampas no siempre funcionan o no se utilizan correctamente.
Todo esto evidencia una realidad incómoda, la discapacidad nos obliga a hacernos más fuertes, pero no es una bendición. Es, en muchos casos, una carrera de obstáculos diaria, una lucha constante contra barreras físicas, administrativas y sociales.
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